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Cabaret
 
 
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CABARET es una expresión artística alucinante vista a través del prisma de la historia. Esta nueva puesta redefine el potencial del teatro en vivo, del entretenimiento para ensimismar, transportar e influenciar profundamente al espectador.

Los cimientos de esta obra datan de hace 60 años. En 1929 Christopher Isherwood, un inglés viviendo en Alemania, escribió: “Soy una cámara con un objetivo abierto, bastante pasivo, grabando y no pensando”; además de algunos personajes, describió a una glamorosa y excéntrica mujer inglesa llamada Sally Bowles, uno de esos individuos a los que la sociedad respetable mira con horror. El autor John van Druten reconoció el potencial de Sally para el escenario y escribió una historia de amor alrededor suyo en su obra “Soy una cámara”, de 1951. Julie Harris protagonizó a Sally en Broadway e interpretó el mismo papel en la película de 1955 junto a Laurence Harvey como Cliff, objeto de deseo asexuado de Sally. Una década mas tarde Harold Prince revolucionó la historia colocando a Sally en un Cabaret, con canciones y música compuestas por John Kander y Fred Ebb y un extraordinario libro de Joe Masteroff.

Cabaret tenia un maestro de ceremonias (el inimitable Joel Grey) que puso la voz, el canto y el baile a esta conmemoración de promiscuidad, prostitución, aborto, antisemitismo y levantamiento del nazismo. Protagonizado por Jill Haworth como Sally Bowles y Lotte Lenya como Fraulein Schneider, éste era el musical perfecto para los años 60. En la versión cinematográfica de 1972 dirigida por Bob Fosse, Liza Minnelli hizo el papel de Sally, una cantante americana, enriqueciendo los numeros musicales pero confundiendo el argumento. Según Joe Masteroff, “Sally originalmente no era una buena cantante. Estaba actuando en el tipo de club de baja categoría, donde incluso las bombillas se fundían. Que Sally cantara bien no tenia mucho sentido”, pero al público le daba igual. Todo, desde el corte de pelo de la Minnelli hasta el maquillaje de Joel Grey se convirtió en icono pop de los 70. Mientras el revival de Harold Prince en Broadway en 1987 no encontro un público, quizás ensombrecido por la película. El director británico Sam Mendes se sintió atraído “ por el embrión de un show peligroso que venia envuelto en el papel convencional de Broadway”. En 1993 se reimaginó Cabaret representado en un club nocturno real “cuando pasas por la puerta principal entras en su mundo, las reglas son diferentes”, dice Mendes. En el Donmar Warehouse en Londres y más tarde en Broadway –codirigida por Rob Marshall- donde la producción se retraso casi 2 años antes de encontrar un club nocturno acorde, el público se sentaba en mesas donde las camareras le servían comida y alcohol. Los chicos y chicas del coro, tatuados, con piercings y llenos de moratones arrastraban los instrumentos al escenario y doblaban a la orquesta. Ellos representan la historia literalmente sobre nuestras rodillas. Mendes dejo el escenario desnudo bajo mínimos; sillas de madera y un ventilador de techo sustituyeran al tren automatizado que uso Harold Prince en su producción (de echo no están permitidas en el escenario más de seis sillas a la vez).

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Mendes se negó a distribuir los programas de mano cuando la gente llegaba al teatro. En su opinión solo distraía al público de la atmósfera del club (se entregan al finalizar la obra). Mendes y Masteroff limpiaron la obra permitiendo que todos los personajes jóvenes, mayores, heteros, gays, bisexuales y los que no se deciden elijan su sexualidad. La obra contiene dos historias de amor yuxtapuestas: la de la casera y uno de sus inquilinos (un judío que se niega a aceptar lo impensable) y la de Sally y Cliff. El protagonismo siempre vuelve a Sally. De nuevo es inglesa y de nuevo una cantante marginal. Se crearon 4 momentos donde Sally está sola en el escenario para enfatizar la diferencia entre su yo público y privado, el de “hola cariños” y el de la drogadicta. Cuando Sally, la discriminada que quiere triunfar, decide destrozar su bebé, su figura se convierte en mucho mas trágica que en sus previas encarnaciones. La crónica de su descenso esta contada por un brillante Emcee. Este maestro de ceremonias es un hombre, es una mujer, es Hitler. Habla todos los idiomas. Se ríe de los demás, hace imitaciones grotescas y lo observa todo. El público es parte de la broma hasta que canta “If you could see her”, el dueto con la mujer gorila, que marca el punto de inflexión en la noche. Hasta ese número musical todo esta lleno de fuerza de vida, pero cuando el maestro de ceremonias canta la ultima estrofa “Veréis que judía...no es!”, el ambiente se torna de burlesco a grotesco. No sabemos reaccionar...de que nos hemos estado riendo?



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